El sufrimiento es una realidad que todos enfrentamos en algún momento de la vida. Pérdidas, decepciones y crisis llegan sin aviso y dejan el corazón herido. Sin embargo, la Biblia nos recuerda que Dios no se aleja del dolor humano, sino que se acerca con especial cuidado a quienes están quebrantados y cansados de luchar.
Salmos 34:18 nos enseña que el dolor no es señal de abandono. Dios está cerca del que sufre y trae consuelo al corazón humilde. En medio de la aflicción, su presencia restaura y sostiene, recordándonos que no estamos solos aun cuando la situación parece no tener solución.
Muchas veces el sufrimiento no nace solo de lo que ocurre, sino de cómo interpretamos lo que ocurre. El dolor es real, pero el sufrimiento se intensifica cuando nuestra mente se llena de miedo, culpa o pensamientos que nos roban la esperanza y la paz.
También sufrimos cuando intentamos controlar lo que no depende de nosotros. Personas, decisiones ajenas y circunstancias escapan de nuestro dominio. La paz comienza cuando aprendemos a enfocarnos en nuestras actitudes y respuestas, confiando en que Dios sigue teniendo el control.
Otro origen del sufrimiento es el apego a cosas temporales. Cuando nuestra seguridad descansa en lo material, en el éxito o en las personas, cualquier cambio nos desestabiliza. Dios nos invita a afirmar nuestra identidad y valor en Él, quien no cambia ni falla.
Manejar el sufrimiento no significa negarlo, sino enfrentarlo con fe y humildad. Aunque no podamos evitar el dolor, sí podemos evitar el sufrimiento innecesario al descansar en Dios. Él está cerca del corazón quebrantado para sanar, fortalecer y dar esperanza.
Del escritorio de Toby Jr.

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