La ingratitud no siempre se manifiesta con palabras duras o gestos evidentes; muchas veces se esconde en el silencio, en el olvido y en la autosuficiencia. Romanos 1:21 nos recuerda que el problema no es no conocer a Dios, sino conocerlo y aun así no glorificarlo ni agradecerle. Cuando el corazón deja de reconocer a Dios como fuente de todo bien, comienza un proceso peligroso de endurecimiento espiritual. La gratitud, más que una emoción, es una postura del alma delante de Dios.
Según la Biblia, el origen de la ingratitud está profundamente ligado a la soberbia. El ser humano se envanece en sus razonamientos, cree que todo lo que tiene es producto exclusivo de su esfuerzo y desplaza a Dios del centro de su vida. Este fue el primer error en el Edén: teniendo todo, Adán y Eva dudaron de la bondad de Dios. La ingratitud nace cuando olvidamos quién es el dador y comenzamos a idolatrar nuestro propio “yo”.
Un corazón ingrato pierde sensibilidad espiritual. Pablo describe que cuando no se glorifica ni se agradece a Dios, la mente se confunde y el corazón se entenebrece. No es un castigo inmediato, sino una consecuencia progresiva: dejamos de reconocer a Dios en nuestros caminos y comenzamos a apoyarnos únicamente en nuestra propia prudencia. La falta de gratitud rompe la comunión con Dios y debilita nuestra identidad como portadores de Su imagen.
La Escritura, en contraste, llama constantemente a vivir con un corazón agradecido. Dios sabe que la gratitud protege nuestra vida espiritual, nos mantiene humildes y abre espacio para Su gracia. Un corazón agradecido reconoce que todo lo recibido es un regalo, no un derecho. Por eso la Biblia insiste en dar gracias en todo, no porque todo sea fácil, sino porque Dios sigue siendo fiel en medio de cualquier circunstancia.
El relato de los diez leprosos revela cuánto valora Jesús la gratitud. Diez fueron sanados, pero solo uno regresó para agradecer, y ese fue el que recibió una afirmación especial del Señor. La ingratitud de los nueve no anuló el milagro, pero sí evidenció un corazón distante. Jesús sigue buscando personas que no solo reciban bendiciones, sino que reconozcan al Dador con humildad y fe.
Reconocer que todo lo que somos y tenemos proviene de Dios nos libra del orgullo y de la idolatría. La gratitud no solo honra a Dios, también nos guarda de una mente endurecida y de un corazón autosuficiente. Salir del “club de los ingratos” es una decisión diaria: recordar, reconocer y agradecer. Un corazón agradecido es un corazón sano, sensible y alineado con la voluntad de Dios.
Del escritorio de Toby Jr.

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