Cuando escuchamos la palabra infidelidad, normalmente pensamos en una relación en la que apareció una tercera persona. Sin embargo, una relación puede comenzar a deteriorarse mucho antes. La distancia se hace evidente cuando dejamos de conversar, compartir tiempo, demostrar cariño o interesarnos por agradar a quien amamos. En nuestra relación con Jesús también puede suceder algo parecido: podemos seguir diciendo que lo amamos, mientras nuestras acciones comienzan a demostrar indiferencia.
Santiago 4:4 nos recuerda que la amistad con el mundo puede convertirse en enemistad contra Dios. La infidelidad espiritual comienza cuando aquello que antes ocupaba el primer lugar empieza a ser desplazado. Cristo sigue siendo el mismo, pero nosotros podemos alejarnos lentamente de Él. Quizá nunca digamos con nuestros labios que ya no queremos seguir a Jesús, pero nuestra falta de oración, búsqueda y comunión puede revelar que nuestro corazón ya no está tan cerca como antes.
Una de las primeras evidencias aparece cuando evitamos la intimidad con Dios. La oración deja de ser una prioridad y podemos pasar días sin tener una conversación profunda con Él. También comenzamos a evitar su presencia: tenemos tiempo para el trabajo, las redes sociales, los amigos, los viajes y el entretenimiento, pero encontramos dificultades para dedicarle tiempo a Dios. Muchas veces el verdadero problema no es la falta de tiempo, sino el lugar que Jesús ocupa entre nuestras prioridades.
Otra señal aparece cuando dejamos de expresar nuestro amor por medio de la adoración y permitimos que la Biblia permanezca cerrada. Podemos estar presentes en un culto y convertirnos únicamente en espectadores de la adoración de otros. De la misma manera, escuchamos opiniones, consejos, noticias y diferentes voces, mientras dejamos de escuchar lo que Dios quiere decirnos por medio de su Palabra. Una relación necesita comunicación, y nuestra relación con Dios también necesita ser cultivada diariamente.
La infidelidad espiritual también se manifiesta cuando perdemos el deseo de cambiar y comenzamos a justificar aquello que antes reconocíamos como incorrecto. Dejamos de luchar contra ciertos pecados, rechazamos la corrección o permitimos que nuestro carácter permanezca igual. Al mismo tiempo, podemos comenzar a darle a Dios solamente lo que nos sobra: nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestros recursos y nuestra atención. Los detalles que tenemos con Dios revelan, muchas veces, el verdadero lugar que Él ocupa en nuestro corazón.
Nuestra relación con Jesús también necesita alimento. No podemos esperar una vida espiritual fuerte si solamente nos alimentamos del mensaje que escuchamos el domingo. Necesitamos abrir la Biblia, leerla, meditar en ella, orar y buscar conocer cada día más al Señor. También debemos permitir que Dios examine nuestro corazón, porque con el tiempo pueden acumularse rencores, orgullo, envidia, amargura, malos pensamientos y pecados ocultos que terminan afectando nuestra comunión con Él.
Por eso debemos hacernos una pregunta importante: ¿hay algo ocupando el lugar que solamente le pertenece a Jesús? Puede ser el dinero, el trabajo, una persona, el placer, las redes sociales, nuestra posición o incluso nuestra propia voluntad. Quizá nunca hemos dicho: “Ya no quiero a Jesús”, pero poco a poco dejamos de hablarle, escucharlo, buscarlo, adorarlo y servirlo. Así, casi sin darnos cuenta, podemos alejarnos de aquel primer amor que un día llenó nuestro corazón.
La buena noticia es que nuestra infidelidad no cambia la fidelidad de Cristo. Aun cuando nosotros nos alejamos, Él permanece fiel; cuando fallamos, Él continúa llamándonos. Por eso su invitación sigue vigente: recordar, arrepentirnos y volver a las primeras obras.
Jesús no solamente nos muestra dónde comenzó nuestro alejamiento, sino también el camino de regreso. Tal vez hoy su llamado puede resumirse en dos palabras llenas de amor y esperanza: “Vuelve a mí”.
Del escritorio de Toby Jr.

Leave a Reply