¿Por qué Dios no me responde?

¿Por qué Dios no me responde?

Hay momentos en los que oramos, esperamos y pareciera que Dios guarda silencio. Pedimos por nuestra familia, nuestra salud, una oportunidad o una situación que nos preocupa, pero la respuesta no llega. Entonces podemos comenzar a preguntarnos si Dios realmente nos escucha o si se ha olvidado de nosotros. Isaías 59 nos recuerda una verdad importante: Dios no ha perdido su poder ni ha dejado de escuchar. Su mano continúa siendo poderosa para salvar y su oído permanece atento a nuestro clamor.

Sin embargo, antes de preguntarnos por qué Dios no responde, también debemos estar dispuestos a examinar nuestro corazón. La Biblia enseña que el pecado puede afectar nuestra comunión con Dios y levantar barreras en nuestra relación con Él. Muchas veces queremos que Dios cambie nuestras circunstancias, cuando primero desea producir un cambio dentro de nosotros. Por eso, nuestra oración no siempre debería comenzar con “Señor, dame”, sino también con “Señor, examíname, perdóname y transforma mi corazón”.

Esto no significa que cada vez que una respuesta tarda exista necesariamente un pecado oculto en nuestra vida. Hay ocasiones en las que Dios permite la espera porque sus planes y sus tiempos son diferentes a los nuestros. A veces pedimos una respuesta específica, pero Dios está obrando de una manera que todavía no podemos comprender. La fe también consiste en continuar confiando cuando no vemos resultados inmediatos y aceptar que la respuesta de Dios puede ser diferente de aquello que nosotros esperábamos.

En esos momentos debemos preguntarnos: ¿hay algo que necesito confesar?, ¿estoy obedeciendo lo que Dios ya me 2 mostró?, ¿estoy dispuesto a aceptar su voluntad aunque sea diferente a la mía? Antes de reclamar por el silencio del cielo, conviene revisar nuestro corazón. Dios no solamente está interesado en resolver nuestros problemas; Él quiere restaurar nuestra vida, fortalecer nuestra relación con Él y enseñarnos a depender de su voluntad aun durante los tiempos de espera.

Si después de examinarnos, confesar, obedecer y entregar nuestra situación a Dios la respuesta todavía no llega, debemos seguir confiando. El silencio de Dios no significa ausencia, la demora no significa abandono y una respuesta diferente no significa falta de amor. Isaías 59 comienza recordándonos que la mano de Jehová no se ha acortado para salvar, pero termina presentándonos también la esperanza de un Redentor. Por eso, mientras esperamos, podemos descansar sabiendo que Dios sigue escuchando, obrando y teniendo la última palabra.

Del escritorio de Toby Jr.

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